En el Crepúsculo.
Odio la oscuridad. La aborrezco. La verdad es que no logro estar un minuto envuelto de penumbras sin que un escalofrío recorra todo mi cuerpo. Es como si al apagarse las luces me apartara de todo lo material y mi ser flotara en el más absoluto vacío. En ese momento, al adueñarse la soledad de mi pensamiento, siento que el peligro me rodea y que me encuentro totalmente impotente para defenderme. Mi tensión se aproxima peligrosamente al límite y mis músculos parecen contraerse en uno solo.
No podría vivir en la penumbra; necesito constantemente de una iluminación que aleje mi profundo temor y me mantenga tranquilo. Cuando las sombras comenzaban a adueñarse de la iluminación natural que me otorgaba el día, encendía todas las luces artificiales que poseía en mi hogar y no las apagaba hasta que la mañana iluminaba nuevamente y por completo la totalidad de las llanuras que se extendían a mi alrededor. El lugar donde vivía se extendía kilómetros y kilómetros sin ningún ser humano que lo habitara (excepto yo).
Aún no comprendo por que decidí ese día salir a caminar en un horario tan cercano a la noche. Imagino que lo hice para despejar mis pensamientos, o quizás necesitaba un poco de ejercicio en mi voluminoso cuerpo. Lo único que sé con seguridad es que tuve esa loca necesidad de salir al exterior en una hora tan arriesgada para mi severo problema con las penumbras.
Venus brillaba en el cielo hacia el oeste, sobre los vestigios de luz que proyectaba el sol entre las nubes, dándole al atardecer tintes rosa y naranja. A lo lejos se podían ver los árboles que ocupaban la ribera de un callado arroyo, entre los cuales un viejo y desvencijado molino emitía el tétrico silbido de sus aspas rechinando metal contra metal. En los días anteriores, un fuerte temporal había formado una laguna que se encontraba a escasos cien metros campo adentro del lugar por el que yo caminaba. Desde ella despedía sus horribles quejidos un grupo de ranas que parecían enfatizar el ambiente tenebroso que me rodeaba (al menos yo lo sentía así).
Caminaba con paso ligero en dirección a mi casa y la noche se cernía cada vez más rápido, obligándome a acelerar mi marcha. Los mosquitos se agrupaban en nubes, cruzándose en mi camino e intentando succionar la sangre que recorría mis venas, y aunque yo trataba era casi imposible evitarlos.
Un pajarraco insoportablemente funesto insistía en atravesar mis oídos con su incesante canto de tan sólo dos tristes notas musicales que lúgubremente llenaban el ambiente. No logré divisarlo en ningún momento, a pesar de que miraba constantemente en la dirección desde la que provenía el fatídico trino, no encontraba un árbol o un arbusto donde pudiera esconderse el ave que me inquietaba sin descanso. Una sombra pasó sobre mi cabeza y junto con ella se alejó el sonido de su canto. No volví a escucharlo y no comprendo por qué cuando se fue al fin, me sentí más intranquilo que antes.
Ya las tinieblas se adueñaban del lugar, y solamente un vestigio de luz que asomaba en el horizonte me permitía continuar mi camino sin tropiezos. Los árboles parecían custodiar los bordes del camino, como fantasmas empecinados en destruir el poco valor que me quedaba.
De la reciente laguna comenzó a emanar una espesa bruma, y con ella parecía viajar el fastidioso croar de los pequeños batracios que la habitaban. Esta niebla se acercaba cada vez más hacia mí, y aunque acelerara el paso era inevitable que al fin me envolviera. Sin concebir alguna otra alternativa, comencé una carrera desesperada hacia la confortante luminosidad que invadía mi casa, a tan solo quinientos metros delante de mí. Todo fue en vano. Cuando la bruma me envolvió, sentí que el oxígeno a mi alrededor se consumía rápidamente y sin poder soportarlo caí de rodillas sobre el inerte suelo.
Un sonido ensordecedor pasó por mi cenit y al elevar mi vista divisé una luz sobre mi cabeza, la cual permaneció por unos minutos para luego marcharse. Varios pares de luciérnagas se acercaban rápidamente hacia mí, casi todas a la misma altura del suelo.
Comencé a percibir unos ligeros gruñidos a mi alrededor, pero mi temor ya no estaba presente, me invadía una tranquilidad imperturbable. Tarde comprendí que no se trataba de simples luciérnagas; eran penetrantes miradas que se acercaban inevitablemente hacia mí, solo eso logré divisar en la espesa niebla que me rodeaba.
Pude sentir como unas extremidades viscosas palpaban todo mi rendido cuerpo y me llenaban de un escozor inaguantable. Pude percibir como se comunicaban con sus casi inaudibles gruñidos, carentes de sentido para mí. Pude apreciar como el poco oxígeno que quedaba a mi alrededor era consumido por ellos, hasta casi desmayarme. Y escuché con más fuerza el incesante gemir de las ranas y el inacabable canto mortuorio de ese miserable pajarraco, aunque no lograran despojarme de ese maravilloso estado de sopor.
De pronto dejé de sentir que tocaran mi cuerpo y los gruñidos cesaron al fin; la niebla se desvaneció súbitamente y una luz difusa surcó el cielo en pocos segundos hasta desaparecer.
En ese mismo momento fue cuando más perseveró mi estupidez: corrí como nunca para contarle al mundo lo que me había sucedido.
Ahora estoy más tranquilo, no se si sean los medicamentos o las correas que me sujetan a la cama donde reposo. La enfermera me dice que si sigo mejorando, en un par de años podré salir a la calle como un hombre normal. A veces un doctor o una doctora con facciones serias me observan a través de un pequeño vidrio en mi puerta, yo intento poner cara de buena persona, con la esperanza de que vengan a liberarme. Pero eso jamás sucede.
Nunca les cuento lo que pienso ni lo que sueño en realidad, para ellos yo solo pienso y sueño con campos verdes y animales libres a mi alrededor, y todo es tan agradable y armonioso que no se parece en nada a la realidad. Si supieran que mis pensamientos son iguales que mis pesadillas (las cuales tampoco conocen), es seguro que me dejarían aquí por el resto de mi vida.
Cada noche, cuando la enfermera me obliga a tomar mi última medicina de cada día,trato de entablar una charla amistosa para no sentirme tan solo. Cuando se marcha al fin para ir a descansar y acerca su mano al interruptor, yo le pido con cierto temor:
- Enfermera, por favor, deje la luz encendida.
Ella me mira con una sonrisa y toma mis palabras como una broma, apaga la luz, y en ese momento no puedo evitar escuchar que se aproxima desde lejos el incesante canto de sólo dos tristes notas de aquel funesto pajarraco.
No podría vivir en la penumbra; necesito constantemente de una iluminación que aleje mi profundo temor y me mantenga tranquilo. Cuando las sombras comenzaban a adueñarse de la iluminación natural que me otorgaba el día, encendía todas las luces artificiales que poseía en mi hogar y no las apagaba hasta que la mañana iluminaba nuevamente y por completo la totalidad de las llanuras que se extendían a mi alrededor. El lugar donde vivía se extendía kilómetros y kilómetros sin ningún ser humano que lo habitara (excepto yo).
Aún no comprendo por que decidí ese día salir a caminar en un horario tan cercano a la noche. Imagino que lo hice para despejar mis pensamientos, o quizás necesitaba un poco de ejercicio en mi voluminoso cuerpo. Lo único que sé con seguridad es que tuve esa loca necesidad de salir al exterior en una hora tan arriesgada para mi severo problema con las penumbras.
Venus brillaba en el cielo hacia el oeste, sobre los vestigios de luz que proyectaba el sol entre las nubes, dándole al atardecer tintes rosa y naranja. A lo lejos se podían ver los árboles que ocupaban la ribera de un callado arroyo, entre los cuales un viejo y desvencijado molino emitía el tétrico silbido de sus aspas rechinando metal contra metal. En los días anteriores, un fuerte temporal había formado una laguna que se encontraba a escasos cien metros campo adentro del lugar por el que yo caminaba. Desde ella despedía sus horribles quejidos un grupo de ranas que parecían enfatizar el ambiente tenebroso que me rodeaba (al menos yo lo sentía así).
Caminaba con paso ligero en dirección a mi casa y la noche se cernía cada vez más rápido, obligándome a acelerar mi marcha. Los mosquitos se agrupaban en nubes, cruzándose en mi camino e intentando succionar la sangre que recorría mis venas, y aunque yo trataba era casi imposible evitarlos.
Un pajarraco insoportablemente funesto insistía en atravesar mis oídos con su incesante canto de tan sólo dos tristes notas musicales que lúgubremente llenaban el ambiente. No logré divisarlo en ningún momento, a pesar de que miraba constantemente en la dirección desde la que provenía el fatídico trino, no encontraba un árbol o un arbusto donde pudiera esconderse el ave que me inquietaba sin descanso. Una sombra pasó sobre mi cabeza y junto con ella se alejó el sonido de su canto. No volví a escucharlo y no comprendo por qué cuando se fue al fin, me sentí más intranquilo que antes.
Ya las tinieblas se adueñaban del lugar, y solamente un vestigio de luz que asomaba en el horizonte me permitía continuar mi camino sin tropiezos. Los árboles parecían custodiar los bordes del camino, como fantasmas empecinados en destruir el poco valor que me quedaba.
De la reciente laguna comenzó a emanar una espesa bruma, y con ella parecía viajar el fastidioso croar de los pequeños batracios que la habitaban. Esta niebla se acercaba cada vez más hacia mí, y aunque acelerara el paso era inevitable que al fin me envolviera. Sin concebir alguna otra alternativa, comencé una carrera desesperada hacia la confortante luminosidad que invadía mi casa, a tan solo quinientos metros delante de mí. Todo fue en vano. Cuando la bruma me envolvió, sentí que el oxígeno a mi alrededor se consumía rápidamente y sin poder soportarlo caí de rodillas sobre el inerte suelo.
Un sonido ensordecedor pasó por mi cenit y al elevar mi vista divisé una luz sobre mi cabeza, la cual permaneció por unos minutos para luego marcharse. Varios pares de luciérnagas se acercaban rápidamente hacia mí, casi todas a la misma altura del suelo.
Comencé a percibir unos ligeros gruñidos a mi alrededor, pero mi temor ya no estaba presente, me invadía una tranquilidad imperturbable. Tarde comprendí que no se trataba de simples luciérnagas; eran penetrantes miradas que se acercaban inevitablemente hacia mí, solo eso logré divisar en la espesa niebla que me rodeaba.
Pude sentir como unas extremidades viscosas palpaban todo mi rendido cuerpo y me llenaban de un escozor inaguantable. Pude percibir como se comunicaban con sus casi inaudibles gruñidos, carentes de sentido para mí. Pude apreciar como el poco oxígeno que quedaba a mi alrededor era consumido por ellos, hasta casi desmayarme. Y escuché con más fuerza el incesante gemir de las ranas y el inacabable canto mortuorio de ese miserable pajarraco, aunque no lograran despojarme de ese maravilloso estado de sopor.
De pronto dejé de sentir que tocaran mi cuerpo y los gruñidos cesaron al fin; la niebla se desvaneció súbitamente y una luz difusa surcó el cielo en pocos segundos hasta desaparecer.
En ese mismo momento fue cuando más perseveró mi estupidez: corrí como nunca para contarle al mundo lo que me había sucedido.
Ahora estoy más tranquilo, no se si sean los medicamentos o las correas que me sujetan a la cama donde reposo. La enfermera me dice que si sigo mejorando, en un par de años podré salir a la calle como un hombre normal. A veces un doctor o una doctora con facciones serias me observan a través de un pequeño vidrio en mi puerta, yo intento poner cara de buena persona, con la esperanza de que vengan a liberarme. Pero eso jamás sucede.
Nunca les cuento lo que pienso ni lo que sueño en realidad, para ellos yo solo pienso y sueño con campos verdes y animales libres a mi alrededor, y todo es tan agradable y armonioso que no se parece en nada a la realidad. Si supieran que mis pensamientos son iguales que mis pesadillas (las cuales tampoco conocen), es seguro que me dejarían aquí por el resto de mi vida.
Cada noche, cuando la enfermera me obliga a tomar mi última medicina de cada día,trato de entablar una charla amistosa para no sentirme tan solo. Cuando se marcha al fin para ir a descansar y acerca su mano al interruptor, yo le pido con cierto temor:
- Enfermera, por favor, deje la luz encendida.
Ella me mira con una sonrisa y toma mis palabras como una broma, apaga la luz, y en ese momento no puedo evitar escuchar que se aproxima desde lejos el incesante canto de sólo dos tristes notas de aquel funesto pajarraco.




















1 comentario:
otro de los que más me gustan. Bien escrito, coherente, sabe hacer subir la tensión, y el desenlace es inesperado y sin explicaciones innecesarias. Y el final tan abierto como cada uno quiera.
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