Desde Letras en Libertad nos llegan dos relatos (porque es un blog de esos comunitarios), este primero es obra de Arwen.
El Hidalgo del monte Chaqueño.
Es una mañana calurosa en Fuerte Esperanza, un lugar dentro del tupido monte chaqueño, apenas se pueden ver las tenues luces ocre que febo intenta mostrar, a pesar de que está en lo alto del cielo, en esa densa y compacta arboleda, es imposible vislumbrar con claridad el sol. Sin embargo, eso no impide que se perciba el clima, da la sensación de que es imposible quedarse unos instantes en el mismo lugar, porque al permanecer quieto bajo el sol, éste calcina el cuerpo y
la mente. Al calor quemante que crece sin cesar, se le suma el sofocamiento del tiempo descompuesto. El aire falta, y con angustia casi cardiaca no se puede terminar de respirar. Alrededor todo es monte, árboles y más árboles que son como interminables edificios de una ciudad ecológicamente armada, por poco tiempo...
la mente. Al calor quemante que crece sin cesar, se le suma el sofocamiento del tiempo descompuesto. El aire falta, y con angustia casi cardiaca no se puede terminar de respirar. Alrededor todo es monte, árboles y más árboles que son como interminables edificios de una ciudad ecológicamente armada, por poco tiempo...
La atmósfera descompuesta se mantiene con un denso vapor asfixiante. En este clima de sofocamiento continuo, viven y trabajan los hacheros del monte, en el medio del obraje, en una casilla de chapa, pronta a derrumbarse vive Santiago.
Él nunca fue a la escuela, pero emana experiencia y sabiduría que le dio implacablemente la vida, tiene 65 años, y siempre vivió en allí.Su rostro curtido, seco y arrugado de tristeza y pesadumbre, refleja el cansancio de años de arduo trabajo y desazón. Su padre ya era hachero, también su abuelo.
El trabajador se levanta al alba, como todos los días de su inacabable jornada,donde no hay feriados, ni domingos, ni primero de mayo siquiera. Se despereza con lentitud, pesadamente se viste, y sale afuera a encender el brasero para luego calentar el agua en la pava. Su desayuno siempre es el mismo, mate amargo y pan duro de algunos días atrás. El clima del amanecer es denso, a Santiago le cuesta respirar. Se sienta en un tronco devenido en silla, y comienza a preparar el mate.
No le ha dado aun el primer sorbo al cimarrón, cuando aparecen los hermanos Martínez, sus compañeros de labor, que viven a escasos tres kilómetros que recorren a caballo todos los días. Santiago los invita a matear y luego de unos minutos de charla, los jóvenes se disponen a comenzar la jornada. Los hermanos, Ricardo y Domingo, tienen treinta años, pero sus rostros denotan más. Los peones intentan caminar hasta las máquinas; y esos diez o doce pasos que los separan de las topadoras se suceden interminables, como si pisaran suelo lunar, pero con la diferencia del agobiante calor que a esa hora de la mañana empieza a asentarse en el monte y que hará mas denso el sofocamiento, mientras que con el correr de las horas el sofocamiento se hará más denso, los mismos árboles danzarán mareados de calor, sin embargo los peones contiuarán su trabajo como autómatas inanimados.
Las dos topadoras se acercan a los añejos algarrobos y quebrachos para derribarlos, como en un juego de dominó. En un rutinario día más de deforestación, a paso lento la muerte se va adueñando del monte.
Santiago se encarga de controlar el trabajo de los jóvenes y de preparar el almuerzo en su vieja ollita de fundición. Allí prepara los más exquisitos guisos.
A Santiago el sueldo no le alcanza, tiene una esposa y ocho hijos que mantener,ellos viven en el pueblo de Fuerte Esperanza, un lugar tan perdido y despoblado como lo es el mismo monte. Allí, los edificios que se destacan son; la municipalidad, la escuela, con solo dos maestros, la comisaría, carcomida por el paso del tiempo, el almacén y calles de tierra polvorienta y desprolija, como la
arquitectura de las pequeñas casas que reunidas conforman una especie de pueblo fantasma perdido en la inmensidad de una espesura verde, a la que le queda poca vida.
Él visita a su familia los domingos a la tarde, luego de haber trabajado media jornada. Una a una cuenta las monedas que saca cada día para subsistir, para mandarle a sus hijos y a su esposa. Además de su sueldo, el patrón le paga una comisión por cada hectárea que los jóvenes a su cargo derriban del monte.
Santiago sabe que sus reflejos ya no son los mismos, debido a su edad, por este motivo ya no se sube a las topadoras. Pero él nunca estuvo sin trabajar, no soporta sentirse inútil, por eso pone tanto afán en la preparación de la comida y en controlar que los peones hagan su labor.
Al mediodía, los hermanos Martínez regresaron a la casilla para almorzar.Santiago los espera con un estofado, que a pesar el calor agobiante, es bien recibido. No hay posibilidades de comer otra cosa, la comida apenas alcanza, el patrón mezquina alimentos o a veces se olvida de traerlos. Ellos deben racionar la comida para que alcance para toda la semana.
Como a Santiago le pagan comisiones por las hectáreas de monte derribado, y últimamente el dinero escasea más que nunca, decide subirse a la topadora e ir a tumbar árboles mientras los jóvenes almuerzan.
Lentamente sigue el camino que lo lleva a un claro del monte, donde están los árboles caídos. Al llegar se dispone a trabajar, uno a uno va haciendo caer los algarrobos, pero cuando le llega el turno a un viejo quebracho que no quiere morir, la topadora se traba, Santiago empuja con la pala frontal de la máquina pero no hay esfuerzo posible que haga tirar por tierra el añejo árbol. Tan
concentrado está en esa tarea que no se da cuenta que un tronco pequeño, lleno de ramas se le cuela por el piso de la topadora. Esta maquinaria vieja y obsoleta no tiene protección para el trabajador, solo es un esqueleto de hierro con motor.
De pronto Santiago siente como una rama fina y dura se le entierra en el pecho,el dolor intenso y los reflejos cansados no le dan tiempo para esquivarlo y queda preso entre los hierros y la madera. Forcejea hasta el cansancio más hostil para tratar de librarse, pero su padecimiento puede mas que el y se desmaya.
Ricardo Martínez, al ver que Santiago no viene, decide ir a buscarlo. Camina muchos kilómetros en el viejo monte hasta que alcanza a divisar el viejo montón de hierro trasformado en topadora. Intuye que algo no anda bien y apura el paso, luego corre con todas sus fuerzas hasta que llegar al lado de la maquinaria. Su desconcierto es enorme, allí esté Santiago, en el piso, sangrando y desmayado. Sus esfuerzos por zafar han dado resultado, pero a costa de un desmayo.
Ricardo no sabe que hacer, no puede llevarlo cargando, no puede dejarlo solo ahí, sufriendo. Le habla, Santiago reacciona, lo mira y le pide que no lo abandone. Él duda por unos segundos, y luego le pide perdón por dejarlo y sale corriendo con todas las fuerzas de las que es capaz. Sabe que la única forma de conseguir ayuda es llegar al pueblo, no hay otra forma de comunicación, así que corre y corre kilómetros hasta llegar a Fuerte Esperanza. Ahí, sin aliento va hasta la casa del patrón a pedir ayuda, desperezandose de la siesta, el jefe sube a la camioneta y emprenden la marcha al monte. Ricardo hace fuerza mental para que la camioneta vaya más rápido, cierra los ojos y espera que al abrirlos estén al lado de Santiago. Demoran más de media hora para recorrer el largo camino de tierra. Al llegar, encuentran a Santiago agonizando, rápidamente lo suben a
la camioneta y emprenden el camino de regreso al pueblo. El clima cambia,surgen remolinos de brisa tibia, que infunden una sensación de sombrío oasis, al lado del camino un sinnúmero de árboles se hamacan como despidiendo al viejo peón.
Cuando llegan al dispensario del pueblo, el médico lo examina con cara de preocupación e indica que urgente sea trasladado al hospital de la ciudad más cercana, Roque Sáenz Peña. Otra vez la espera, la incertidumbre de Ricardo que siente a Santiago como si fuera su padre. Él le ha enseñado el valor del trabajo,instruyéndolo en que no solo se debe trabajar para obtener el pan, sino para dignificarse, para sentirse humano. Ricardo no conoció a su padre y encontró en Santiago un compañero, un consejero, un amigo, una persona que le enseñó el buen camino.
El viejo hachero es internado en el hospital, pasa una semana en terapia, los médicos continuamente discuten su estado. Siete días después despierta. Es obra de un milagro dicen los médicos. Nadie pensaba que se repondría de semejante siniestro, pero la fuerza que siempre caracterizó al viejo trabajador se hizo presente una vez mas. La familia está alegre, también los hermanos Martínez, pero a Santiago le quedarán secuelas en su cuerpo, la rama que se insertó en su pecho dañó sus pulmones y por el resto de su vida tendrá dificultades para respirar.
Luego de un mes de internación, análisis, estudios, y monitoreos constantes, los doctores le dan el alta. Su familia lo espera ansiosa para cuidarlo en su casa,pero Santiago quiere volver al monte, allí es donde se crió y pasó toda su vida.
En ese lugar vivió feliz con su esposa Isolina hasta que decidió que lo mejor era que ella se mudara al pueblo para poder enviar a sus hijos a la escuela. El viejo hachero nunca fue a la escuela, pero siempre pensó en la educación para sus retoños, por eso cada centavo que ganaba se lo daba a su mujer para que lo destinara ellos.
Finalmente, Santiago volvió a su rancho en la espesura del monte chaqueño, allí aun mantiene en su cuerpo cansancio y dolores que no le permiten hacer grandes esfuerzos, pero igualmente los guisos los sigue cocinando mejor que nadie.




















1 comentario:
El principio prometía, aunque demasiado largo creaba perfectamente la atmósfera agobiante. Pero el relato no tiene pulso, debería haber sido mucho más ágil para contraponer la importancia de un momento a la monotonía de toda una vida. Y que el suceso se quede sin resultados también desluce la historia.
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